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Crítica ambiental a la razón desarrollista

La Amazonia está siendo destruida por la ganadería. Todos sabemos que Jair Bolsonaro fue elegido por una alianza nefasta, conocida como Frente BBB ("Biblia, Bala y Buey"), o sea, por una alianza entre grupos evangélicos, militares y el sector "ruralista" y ganadero. La Amazonia está siendo destruida por la ganadería. Todos sabemos que Jair Bolsonaro fue elegido por una alianza nefasta, conocida como Frente BBB ("Biblia, Bala y Buey"), o sea, por una alianza entre grupos evangélicos, militares y el sector "ruralista" y ganadero.

El desarrollismo es, por vocación, negacionista en cuanto al tema ambiental: siempre lo piensa como un problema secundario y, en todo caso, como un asunto de política interior. Esta vocación contraria al ambientalismo se nutre de la insuficiencia de acuerdos internacionales para construir una economía verde a escala global. Quiero discutir hoy un ejemplo que empieza en el Amazonas, pasa por China y termina en el sargazo del Caribe mexicano.

 

La Amazonia está siendo destruida por la ganadería. Todos sabemos que Jair Bolsonaro fue elegido por una alianza nefasta, conocida como Frente BBB (Biblia, Bala y Buey), o sea, por una alianza entre grupos evangélicos, militares y el sector ruralista y ganadero. De hecho, el poder de la ganadería amazónica se venía desbordando desde tiempos de Dilma, cuya debilidad en el plano económico contribuyó a envalentonar al lobby agroindustrial y ganadero, que atraía más de 10 por ciento de las divisas que entraban al país. Esa situación empeoró bastante bajo Michel Temer, cuya falta de legitimidad lo llevó a entregar más concesiones al sector, hasta llegar hoy a la situación extrema de Bolsonaro, cuyo ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, opina que el cambio climático es un asunto de importancia secundaria y se dedica sin ambages a apoyar los intereses ganaderos.

 

Los efectos humanos de esto son enormes, aun a escala local. Así, la reconocida antropóloga Manuela Carneiro da Cunha denunció hace dos años que bajo el gobierno de Temer, el frente llamado ruralista controlaba casi la mitad de los escaños del Congreso y que se había dedicado a privatizar cientos de miles de hectáreas de parques nacionales en la Amazonia. De entonces para acá, la situación no ha dejado de agravarse, hasta que Brasil es hoy el mayor exportador de carne vacuna del mundo.

 

La carne brasileña se exporta, primero, a Hong-Kong y a China, y luego también a la Unión Europea, Irán, Egipto y Arabia Saudita. La demanda china, en especial, no ha dejado de crecer y se espera que el mercado chino supere al estadunidense este año. Al ritmo que va, el apetito de carne de los chinos acabará con lo que va quedando de los bosques en la Amazonia, porque ellos aún consumen unas seis veces menos que los estadunidenses per cápita. Y, como todo país desarrollista, China considera que tiene derecho a conseguir para sus ciudadanos el bienestar del que han gozado desde hace décadas los consumidores en Estados Unidos o Europa. De modo que la masticadera de carne no parará.

 

Los grandes ganaderos operan usando sus aliados en el gobierno para privatizar tierras, pero también comprando ganado criado en tierras taladas ilegalmente, por talamontes que muchas veces son violentos. El asesinato de indígenas amazónicos ha aumentado sensiblemente en los últimos años, según la denuncia de Carneiro da Cunha. Luego, ese ganado ilegal es comprado por los grandes productores (legales) y enviado indistintamente al matadero con el que se cría legalmente, según un excelente reportaje del Guardian. Además, las grandes empresas ganaderas frecuentemente adquieren legalmente tierras que habían sido degradadas ilegalmente por depredadores, les echan fertilizantes, crecen pastizales, y meten sus vacas.

 

Por desgracia, esta relación mafias violentas-negocios formales la conocemos muy bien en México, donde entra primero el narco, tala montes, extrae ma­deras y mete, por ejemplo, aguacate. Luego, poco a poco, queda establecido el negocio de exportación aguacatero, ya con todo el peso político que le brinda la legalidad.

 

Para frenar esta situación, además de arrebatarle el poder político a los ruralistas, el gobierno brasileño tendría que abrirse a una conversación en instancias internacionales acerca del consumo mundial de la carne y buscar alternativas económicas más benignas para la Amazonia. Sólo que esta clase de iniciativa está enteramente fuera de la mentalidad desarrollista, que considera, simplemente, que Amazonia es parte del territorio nacional, y que explotarla es un derecho de los brasileños.

 

Aunque a menor escala quizá, algo parecido le ocurre al Presidente de México, quien es también un desarrollista. Así, AMLO declaró que la crisis del sargazo no es grave, y se la ha encomendado a la Marina, que a su vez ha declarado que el sargazo es asunto de Estado. Grave o no, está por llegar a las costas del sureste una mancha de sargazo de 550 kilómetros de diámetro, y eso en plena época vacacional. Ya veremos qué repercusiones tiene aquello para la economía de Quintana Roo.

 

Ante la eventualidad de un perjuicio sargacero mayor, importaría entender que el sargazo no es un asunto propiamente de Estado, sino que tiene que ver, justamente, con la ganadería amazónica que a algunos les podría parecer remota, porque los fertilizantes que usan esos ganaderos se escurren a los ríos hasta desembocar en el mar, donde terminan fertilizando al sargazo, que amenaza con arruinar a Cancún.

 

En resumen, el desarrollismo contribuye sensiblemente a la degradación ambiental, porque se niega a enfrentar sus verdaderas causas. El consumo exagerado de carne está acabando con el Amazonas. Las temperaturas erráticas y extremas que padece el mundo tienen algo que ver con eso. Y la crisis del sargazo también.

 

 

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