Ola de manifestaciones y levantamientos cada vez más globales

By Rolando Astarita Diciembre 26, 2019 456 0

En este año que está terminando hemos asistido a una ola de manifestaciones, levantamientos y protestas a nivel mundial. En esta nota paso revista a los casos más destacados, y presento algunas consideraciones.

 

Los puntos más destacados en 2019

Hubo manifestaciones en Argelia, a partir de febrero, contra Abdelaziz Bouteflika, quien finalmente tuvo que renunciar. Bouteflika estaba en el poder desde 1999. La elite militar, que gobierna realmente el país, prometió elecciones, pero solo permitió presentarse a cinco candidatos que estuvieron cercanos a Bouteflika. La oposición ha llamado a boicotear las elecciones. Miles de personas han salido de nuevo a protestar bajo la consigna “no votaré contra mi país”.

 

Protestas en Sudán a partir de la decisión del gobierno dictatorial de Omar al Bashir de triplicar el precio del pan, en un país agobiado por la crisis económica. Para calmar a la gente, el Ejército destituyó a Bashir (en el poder desde 1993). Pero la movilización continuó. Durante semanas multitudes acamparon frente al Ministerio de Defensa para demandar la creación de un Consejo de Transición que dejara en manos de civiles el control del gobierno. El 3 de junio el ejército reprimió y provocó una masacre. Según la oposición, hubo 113 muertos (oficialmente se reconocieron 61) y 326 heridos. Habría elecciones recién en tres años, y bajo fuerte control de los militares.

En junio, en Basora, Iraq, estallaron protestas –también las había habido a mediados de 2018-  contra la corrupción, el desempleo, los servicios públicos pésimos y la intervención extranjera en el país. En octubre las manifestaciones se ampliaron y generalizaron. Fueron reprimidas con un saldo de, al menos, 420 muertos. Terminó renunciando el primer ministro, Abdul Mahdi. Una demanda de fondo,  es terminar con el sistema político que ha existido desde la invasión de EEUU en 2003.

En junio, en Hong Kong estallaron protestas y manifestaciones contra la posibilidad de extraditar opositores a China. El principal temor es que se debilite la independencia del país (en 2047 termina el status especial de Hong Kong). Otro temor es que se ponga en peligro a los disidentes. Muchos jóvenes encabezan las manifestaciones. En septiembre el gobierno retiró la propuesta, pero las protestas continúan. Entre otras demandas está la amnistía para los detenidos en las manifestaciones y el sufragio completamente libre. En noviembre se realizaron elecciones que dieron un triunfo avasallante a los opositores.

En septiembre estalló en Egipto una ola de protestas contra el presidente Sisi, en el poder tras el golpe militar de 2013. Apenas asumió el régimen prohibió las protestas, y han sido detenidos miles de opositores. Los manifestantes denunciaron la corrupción de Sisi y sus allegados, y pidieron la caída del régimen. Según Human Rights Watch, “las fuerzas de seguridad han ejercido con reiteración un uso brutal de la fuerza para aplastar protestas pacíficas”. El contexto económico y social de las manifestaciones es la pobreza y la falta de perspectivas para la juventud, El porcentaje de egipcios que en 2018 estaban en la extrema pobreza (viven con US$ 1,3 por día)  era 32,5% (contra 27,8% en 2015). El gobierno de Sisi aplicó medidas de austeridad (devaluación de la moneda, recortó en más del 40% subsidios a combustibles y transportes) para cumplir compromisos con el FMI.

 

En octubre manifestaciones en Líbano paralizaron al país y empujaron a la renuncia del primer ministro Saad al Hairiri. El detonante fue la introducción de impuestos al tabaco, a las llamadas de WhatsApp y el combustible. “Abajo el gobierno de los bancos” es una de las demandas. También hay demandas por mejoras en la educación y los servicios.

El 15 de noviembre pasado estallaron protestas en Irán, cuando el gobierno anunció el aumento del precio de la gasolina. La mayoría de los manifestantes son jóvenes; tienen bajos ingresos o están desempleados. Se protestó a favor de libertades, justicia para las mujeres; mejoras de las condiciones de vida. Hubo consignas de solidaridad con revueltas y movimientos de Líbano, Iraq, Chile, Hong Kong. También aquí se denuncia una fuerte represión. Según Amnistía Internacional, y con un cálculo conservador, 280 personas murieron, víctimas de las fuerzas de seguridad, en una semana.

Entre enero y febrero hubo masivas protestas en Venezuela contra el gobierno de Maduro. Los reclamos: libertades, elecciones libres, y en protesta por la situación económica. El régimen respondió con una fuerte represión. El Alto Comisionado de la ONU por los DDHH informó, a fines de enero, que había 850 detenidos y 40 fallecidos. El Observatorio Venezolano de Conflictividad Social contó 51 muertos hasta abril. A la represión a las manifestaciones se suma otra, más sistemática y oculta, protagonizada por la Fuerza de Acciones Especiales de la Policía Nacional Bolivariana (FAES). Estas ejercen una violencia sistemática sobre los barrios populares. Según el informe Bachelet, de la ONU, solo en 2018 cerca de 5300 personas murieron “tras resistirse a la autoridad”. La ONG Observatorio Venezolano de la Violencia eleva la cifra a más de 7500 muertes. Millones de venezolanos abandonaron el país.

En Puerto Rico, en julio, y después de casi dos semanas de movilizaciones masivas, renunció el gobernador Ricardo Rosselló. Las manifestaciones se iniciaron cuando se filtraron conversaciones de Rosselló con ataques a mujeres y a la comunidad LGBT. Pero además la economía está quebrada y se padecen graves carencias de servicios esenciales. El gobierno estadounidense y la Junta de Control Fiscal (impuesta por EEUU) quieren aplicar un plan de ajuste con bajas a las pensiones y pago de la deuda.

En Haití, a mediados de año, estallaron manifestaciones y hubo una huelga general contra el plan de ajuste acordado por el presidente Jovenel Moise con el FMI. Las movilizaciones se extendieron durante muchas semanas; hasta fines de noviembre se contabilizaron unas 300. La represión fue brutal. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas por los DDHH hasta fines de octubre habían muerto al menos 76 personas y 98 resultaron heridas por la represión. Haití es uno de los países más pobres del mundo. Para mencionar un solo dato: el 22% de los niños padece desnutrición crónica.

A principios de octubre en Ecuador hubo paros, bloqueos de calles y movilizaciones masivas contra medidas de ajuste (entre ellas, la supresión de subsidio a la gasolina) anunciadas por el gobierno de Lenin Moreno. El gobierno debió dar marcha atrás con el retiro de los subsidios.

En Chile  estallaron protestas a principios de octubre contra la suba del pasaje de metro. Pero esa suba era solo la punta del iceberg. Las cuestiones de fondo: alta desigualdad social; bajos salarios; elevado costo de los servicios y la educación; crisis en el sistema de salud pública; bajas pensiones; familias con altos niveles de deuda. Además de las manifestaciones, hubo paro nacional promovido por la Mesa de Unidad social compuesta por organizaciones sindicales, de DDHH, ambientalistas y pueblos originarios. La represión también fue brutal: hubo 26 muertos; 4900 heridos de los cuales aproximadamente 350 con heridas oculares o faciales; 20.000 detenidos; malos tratos, torturas y violencia sexual contra personas detenidas. La Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas por los DDHH acaba de confirmar las denuncias de las violaciones a los derechos humanos.

En Colombia, paro nacional y protesta masiva el 21 de noviembre contra el gobierno de Duque y su “paquetazo” de ajuste: reforma del sistema de pensiones; reducción del salario de los jóvenes hasta colocarlo al 75% del mínimo; reforma laboral. A lo que se agrega el reclamo de más inversión en educación; parar los asesinatos de líderes sociales e indígenas.

En Francia contabilizamos las recientes manifestaciones y la huelga nacional contra la reforma al sistema de jubilaciones impulsado por Macron.

De nuevo: “es el capitalismo, estúpido”

Si bien el movimiento obrero en los países centrales no se ha movilizado –con la excepción, por supuesto, de Francia-, la ola tiene alcances mundiales. El débil crecimiento de las economías capitalistas posterior a la crisis financiera de 2008-9 parece estar en la base de los programas de ajuste que son respondidos por los movimientos de masas. Por supuesto, no se trata del carácter particular de alguna fracción del capital, sino de su unidad en tanto “capital en general”. Lo central es restablecer las condiciones propicias para la extracción de plustrabajo y para la acumulación. En torno a esto hay una hermandad que está por encima de las fronteras nacionales.

Esa unidad del capital tiene su contrapartida en la unidad internacional, objetiva, de los trabajadores, ocupados y desocupados. La lucha de las masas en Chile, Colombia, Venezuela, Hong Kong, Egipto o Iraq obedece a la misma razón de fondo. Por eso se ven expresiones de solidaridad en las manifestaciones de un país con los manifestantes de otros países. Es que la frustración de un joven chileno que no encuentra trabajo, o que está obligado a aceptar un trabajo precarizado, mal pagado y alienante, no es muy distinta de lo que puede sentir otro joven de Hong Kong, de Colombia o de Argentina. Un analista, refiriéndose a la sociedad chilena escribe “es un cóctel que no provee de esperanzas de que vaya a venir tiempos mejores… por el contrario, la gente percibe que los tiempos son peores”. Y un periodista del New York Times dice que los jóvenes de Hong Kong enfrentan cada vez más competencia para obtener empleo y vivienda, en una ciudad de creciente desigualdad. Otro analista habla de “problemas de pobreza, precios desorbitados de la vivienda y falta de expectativas de mejora entre la juventud”. Pero Hong Kong, junto a Chile, ¿no era un modelo del paraíso capitalista?

Por eso consignas, formas de lucha, análisis, percepciones, surgen en un punto y rebotan en cientos o miles de receptores a lo largo del globo. En este contexto se desarrollan también las luchas por libertades, contra la represión y regímenes dictatoriales. Y la lucha de las mujeres por sus derechos y contra el machismo. Obsérvese, además, la constancia con que se repite la represión que lleva la muerte a decenas o centenares de personas.

Posiblemente desde fines de los 1960 y principios de los 1970 (mayo francés; movimiento estudiantil en México; ascenso de la militancia obrera en Italia; movimiento antiburocrático en Checoslovaquia; Cordobazo en Argentina; luchas antidictatoriales en Portugal y España; derrota de EEUU en Vietnam, entre otras) no hemos asistido a una ola tan extendida. Es la respuesta más general de las masas oprimidas y explotadas desde que se profundizó la globalización del capital. Entre otras razones, hay una creciente conciencia de la polarización de riqueza / pobreza que genera el capital. Recordemos un dato: “Entre 1980 y 2016 el 10% más rico de la población mundial se quedó con el 57% del crecimiento del ingreso; el 1% más rico con el 27%. En cambio el 50% más pobre con solo el 12% del incremento; y el 40% del medio con el 31%” (véase aquí). En una nota anterior referida a Chile –“Es el capitalismo, estúpido”- dijimos que la cuestión de fondo no es un gobierno X o Z, sino el modo de producción basado en la propiedad privada del capital y la explotación del trabajo. Y el problema es global.

Sin embargo, crecen fuerzas de derecha, nacionalistas y conservadoras

El internacionalismo socialista tiene entonces este fundamento material. Sin embargo, a nivel mundial han tendido a fortalecerse alternativas conservadoras, religiosas fundamentalistas o de extrema derecha. Existe todo tipo de variedades. Por ejemplo, un grupo de ultraderecha puede declararse enemigo de Israel y antisemita, pero otro, también de ultraderecha, puede considerar a Israel un aliado en la lucha contra “el terrorismo”. Sin embargo, todos son profundamente nacionalistas y enemigos acérrimos del marxismo (o de cualquier cosa que huela a socialismo gestionado por las masas trabajadoras). Muchos incluso se montan sobre reivindicaciones sociales o democráticas para neutralizarlas y llevar agua al molino de la reacción. Piénsese, en este respecto, en cómo grupos fundamentalistas capitalizaron buena parte del levantamiento de la población siria contra la dictadura de Al Assad. Lo mismo ocurrió en Venezuela con el descontento popular, canalizado hacia formaciones de derecha; o más recientemente en Bolivia con sectores de la clase trabajadora, o del movimiento popular, que se manifestaron contra el fraude electoral de Morales y el MAS y terminaron consintiendo el ascenso al gobierno de una derecha racista y ultracatólica.

Es necesario reconocer esta situación. No hay que marearse con fraseología izquierdista –del tipo “colosal ascenso revolucionario mundial”. La posición del marxismo es, al día de hoy, de extrema debilidad. Lo que he señalado en referencia a las recientes elecciones en Argentina –el 95% del electorado votó a organizaciones enemigas del socialismo- se puede extender a todo el mundo. Que con este encuadre se sea más o menos estatista, más o menos pro Trump o pro Putin, tiene poca importancia práctica.

Dadas las limitaciones de espacio, no nos es posible examinar aquí todos los factores que han llevado a esta situación. Pero hay un hecho que adquiere importancia crucial: la experiencia, tanto histórica como reciente, de los regímenes y corrientes socialistas.

Lo central: el fracaso de la URSS y de otros “socialismos reales” emblemáticos: China, Yugoslavia, Cuba, Corea del Norte. A los ojos de las grandes masas fracasó el marxismo. Por eso no creen que sea viable una construcción socialista que no desemboque en gulags y burocracias terriblemente represivas. Agréguese a esto casos particulares: la experiencia de los Khmers Rojos de Camboya; la de Sendero Luminoso en Perú; las FARC en Colombia (si alguien duda de los efectos negativos de estas experiencias, puede preguntar por el respaldo que tienen esos movimientos en la memoria de los pueblos camboyano, peruano o colombiano). Pero súmese también el desastre en que ha desembocado el “socialismo siglo XXI” venezolano, al que en su momento se lo presentó como la alternativa que iba a reconstruir el ideario socialista a nivel global.

Vinculado a lo anterior, la inmensa mayoría de la izquierda se ha inclinado al conciliacionismo de clase –apoyo a partidos y programas burgueses, tipo Syriza en Grecia; Lula en Brasil; peronismo en Argentina, para mencionar algunos casos destacados- y el nacionalismo (“el imperialismo yanqui es el enemigo principal”). Consecuentes, muchas organizaciones han despreciado o, peor aún, atacado, las luchas por libertades democráticas en innumerable cantidad de países y circunstancias. Así, por ejemplo, si el ejército sirio asesinaba manifestantes indefensos, estaba combatiendo “a los agentes del imperialismo”. De la misma manera, si el informe Bachelet denuncia las violaciones de los DDHH del régimen de Maduro, “lo hace porque es un agente de Washington”. Aunque Bachelet no es agente de Washington si denuncia la represión en Chile. En cualquier caso, ¿cómo puede sorprender que el socialismo esté cada vez más identificado con regímenes tipo chavismo venezolano, orteguismo nicaragüense o, peor todavía, Corea del Norte con su dinastía Kim? En este punto, vuelvo a llamar la atención sobre la centralidad que ha tenido, en la historia del marxismo, la lucha por las libertades y derechos democráticos (véase aquí).

En definitiva, lo que necesitamos es poner en consonancia el análisis y el discurso con lo que está ocurriendo a nivel cada vez más global. Y el primer paso para ello es levantar las banderas del internacionalismo; y la crítica a toda forma de conciliacionismo de clase, sea con el Estado, partidos burgueses o formaciones burocrático-militares. Es la salida progresista para la ola de levantamientos e indignación que recorre buena parte del planeta.

 


Profesor de economía de la Universidad de Buenos Aires.

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Modificado por última vez en Jueves, 26 Diciembre 2019 09:30

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