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Un saldo de 25 personas muertas y 11 heridas de gravedad, dejó el ataque al bar El Caballo Blanco, ocurrido la noche del martes en la ciudad de Coatzacoalcos, ubicada al sur de Veracruz.

La semana pasada hubo un tiroteo en la población Carol Urzúa de Puente Alto, con el resultado de cinco personas muertas y un homicida fugado. La noticia circuló un rato por los medios de comunicación y pronto desapareció. Se diluyó en aquellos días bajo el espeso discurso de Andrés Chadwick y la Fiscalía sobre la captura del joven de 28 años Camilo Gajardo Escalona, en cuya casa, ubicada en la población Bajos de Mena, también de Puente Alto,  la PDI halló unas cosas: pilas, cintas adhesivas, alambres, afirmaron, son evidencias porque sirven para hacer bombas. Pero también, creemos, podrían servir para reparar la casa y no solo para armar una maniobra política.

 

Camilo, o el ecoterrorista, como ya lo llama la gran prensa, es hijo de una víctima de la dictadura y trabaja en una hojalatería de barrio. Vive en una de las poblaciones más deterioradas en cuanto a la calidad de vida de Santiago y su vida no ha de ser muy fácil.

 

Tampoco había sido fácil la vida de las cinco personas que murieron por las balas disparadas por un hombre en el local de máquinas tragamonedas. El asesino, aparentemente un peligroso delincuente de la zona que ya estaría identificado, huyó tras disparar desde un fusil adaptado más de 70 tiros y hasta el momento está fugado. El caso, salvo una entrevista al padre de uno de los chicos asesinados y al alcalde Germán Codina de Puente Alto, ha salido de la prensa. De ello, hace seis días.

 

La población Carol Urzúa, así como Bajos de Mena, es reconocida como un espacio de segregación urbana y social con altos niveles de pobreza, bajos niveles educacionales, violencia social, microtráfico de drogas, hacinamiento, cesantía. Ambas expresan también toda la violencia de un sistema político y económico que requiere de estos rincones y contradicciones para su funcionamiento. Las dos poblaciones son el resultado de políticas urbanas de la dictadura y la transición. El general Carol Urzúa fue Intendente de Santiago durante el régimen de Pinochet hasta su muerte en un asalto, en 1983, por un comando del MIR. La población fue creada aquel mismo año.

 

Bajos de Mena es probablemente una de las áreas más estigmatizadas de la Región Metropolitana. Tanto, que le han llamado el mayor guetto de Santiago al estar constituido exclusivamente de viviendas sociales muy precarias, deterioradas, hacinadas y carecer de servicios básicos, desde farmacias a cajeros ATM. Esta condición data desde sus orígenes durante la primera década de la transición, cuyos programas de exclusión de los pobres no se diferenció mucho de aquellos de la dictadura cuando erradicaba a decenas de familias de viviendas sociales en Las Condes para repartirlas en sitios eriazos por diversos lugares de Santiago. ¿Motivo? Ser pobres.

 

La pobreza no es noticia. El gobierno de Sebastián Piñera ha preferido ocultar las dimensiones del tiroteo de Puente Alto, información que pese a la voluntad local ha dado la vuelta al mundo con las agencias informativas. Porque en cualquier parte asesinar con un arma de repetición a cinco personas inocentes es un caso extremadamente grave. Sea en México, Estados Unidos o incluso en un país en guerra. Ante eso, Piñera guarda silencio. Pero no es algo nuevo. Podemos recordar cuando Ricardo Lagos le pedía a la prensa que no levantara este tipo de información porque afectaba el riesgo país. En esos años no eran los narcos pero sí los secundarios.

 

El silencio del gobierno, así como los medios afines, expresa en toda su magnitud nuestra estructura mental y social que acepta la segregación y la pobreza como un estado natural. Capturar a un joven pobre y acusarlo de fabricar, instalar y detonar bombas contra autoridades y otros representantes del poder es más importante para el gobierno, sin duda, que buscar a un delincuente que asesina a sus vecinos en una población marginal de Santiago.

 

Hace dos dias TVN entrevistó al alcalde Codina, que también se preguntaba por el absoluto silencio del gobierno y el temor a enfrentar a un narcotráfico ya desatado en las poblaciones. Codina acusó al gobierno de clasista, pero aquello todos lo sabemos y reconocemos. Mientras la policía vigila las casas y departamentos del sector oriente  de Santiago, o mientras reprime a los manifestantes que protestan por un sistema injusto y segregado, deja a merced de los narcos y delincuentes todos los demás barrios. Pero no solo es clasista en su condición íntima el gobierno y todas las elites que le rodean. Es también excluyente e indiferente con los pobres.

 

El narco en Chile aún no es un tema político. Y los pobres parece que tampoco. Codina lanzó una comparación en esa entrevista que vale reproducir. “No quiero que seamos como la orquesta del Titanic: que los narcos nos están hundiendo y nosotros todos si…estamos todos felices. No señor, yo no estoy feliz”.

 

PAUL WALDER

 

Publicado en POLITIKA

 

La Guardia Civil española detuvo por narcotráfico a un militar de la comitiva que acompañaba en un viaje a Japón al presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, informa RT News.

 

Tildar al narco-funeral como una práctica reñida con la ley, la moral o las buenas costumbres, puede conducir a engaño. ¿Cuáles son las buenas costumbres? A menudo lo ilegal de antaño ahora es legal. Antes, lanzar a la hoguera o aplicarle el garrote vil a quien la Santa Inquisición encontraba culpable de blasfemia o de haber insultado a la autoridad, constituía un hecho normal. Hoy se puede escribir un libro, filmar una película sobre la peor de las herejías y el autor recibe elogios. Incluido el silencio si critica al sistema. Ahora, el funeral de un narco adquiere ribetes de festividad religiosa. Hay fuegos de artificio, disparos de metralletas, comilona y bebida a destajo. Se le rinde pleitesía, aquella admiración por haber vivido el “difunto” al borde del precipicio y ser amado por sus clientes. De ser detenido y condenado, desde luego vivo, lo espera una celda VIP. Igual a la época de Chicago de los años 1920, cuando los gánsteres dominaban esa y otras ciudades de Estados Unidos.