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Las manifestaciones de millones de chilenos que protestaron contra el modelo  impuesto por la dictadura cívico militar mostraron claramente su rechazo a la manipulación y el despotismo comunicacional, fiel reflejo del neoliberalismo impuesto a balas.

 

Han tenido que pasar 46 años para poder leer sobre una manifestación como la del miércoles 11 de septiembre pasado en los patios de El Mercurio. Casi un centenar de periodistas de este periódico conservador y golpista hicieron uso de uno de los principios básicos de esta profesión, como lo es la libertad de expresión. Por primera vez en 46 años los redactores de este consorcio decidieron manifestar su molestia por la línea editorial del periódico, el que décadas después del golpe de estado no altera una justificación que es también elogio. Y todo eso salió en El Mercurio.

 

La publicación de un documento inserto a página completa que halaga al golpe y a sus ejecutores, un texto que desde las primeras horas ofendió al país por su carácter festivo y abiertamente humillante hacia las víctimas, provocó al interior del diario la reacción indignada de sus trabajadores y trabajadoras, algo que tiene y tendrá una condición memorable para el presente y futuro pero que debió haber ocurrido décadas atrás. El Mercurio no ha alterado un ápice su línea editorial a favor de la dictadura, la que expresa de forma diaria y permanente. Esta persistencia, esta intensidad en la defensa de la oligarquía y el gran capital, del orden conservador y de la insistencia obsesiva de reforzar la imagen histórica de la dictadura bajo sus intereses, acotaron el proceso de transición post dictadura bajo el trazado diseñado por Pinochet y sus asesores civiles. La historia de Chile a partir de 1990 ha sido escrita en las páginas de El Mercurio y guiada por sus columnas y editoriales.

 

Es por ello que la valiente acción de estos periodistas constituye un acto que debe ser destacado. No es lo mismo trabajar para una empresa de servicios financieros, por poner un ejemplo, para una industria manufacturera, por mencionar otro, que para una que elabora elementos simbólicos de tan alto impacto. El trabajador, en este caso el periodista, conoce los procesos de elaboración de unos contenidos que cada día serán insumos para que la población interprete la realidad.

 

Podemos entender el temor de otros periodistas que trabajaron en este medio durante los oscuros años de la dictadura bajo la mirada de los organismos del estado y los agentes de inteligencia.  Aquellos que conocían cada día las mentiras que salían en esas páginas mientras los agentes de la dictadura paseaban por las noches bajo toque de queda. Pero desde 1990 el país ha vivido una transición y El Mercurio ha mantenido aquella misma línea editorial basada en las falacias y en la persistencia de una línea editorial pinochetista y negacionista pese a todos los testimonios, investigaciones y crímenes de lesa humanidad.

 

Decimos que desde las páginas de El Mercurio, de las mismas que armaban las falsedades periódicas de la dictadura, se diseñó la transición. Un periodo lleno de temores e intereses espurios que llevaron finalmente a la entrega de la clase política a la pauta establecida por las elites en torno a este diario. Durante este periodo, lamentablemente, los periodistas fueron los portavoces de estas elites y se sumaron a elogiar ese excluyente proceso. La transición, bien sabe cualquier observador, periodista, activista y hasta algún que otro ciudadano, ha sido un periodo (no tenemos muy claro si ha terminado) de consensos entre las elites que ha dejado de lado, hasta el día de hoy, a gran parte de la ciudadanía, la ruralidad y los territorios.

 

 

La acción de protesta de esta generación de periodistas hay que comprenderla en  la nueva realidad de las comunicaciones. Aunque este consorcio sigue escribiendo la agenda pública, que sigue cada día la clase política y las elites, se ha convertido en un espacio comunicacional que se comporta como un bucle y rara vez trasciende al resto del país. El Mercurio ha perdido el peso que gozaba hace décadas fragmentado por otras fuentes de información y por las redes sociales. No escribe la agenda pública del país y sus intentos son forzados y extremos. En esta nueva escena apareció el infame inserto firmado por una ultraderecha que es expresión de un sector minoritario, afortunadamente, que sólo puede controlar el país a través de la coerción y la mentira a través de sus medios. Y en esta nueva escena también emerge y se expresa esta nueva generación de periodistas, menos temerosos y más honestos.

 
 

 

Que esta acción sea masiva y permanente.

 

PAUL WALDER

 

Esta mañana, miembros de las Juventudes Comunistas de Chile (JJCC), se manifestaron en oficinas de la empresa El Mercurio, ubicadas en Santiago, en rechazo al polémico inserto publicado por este diario ayer 11 de septiembre, y donde se busca justificar el golpe de estado de 1973.

Esta mañana, la versión impresa del diario golpista publicó a página completa "Chile se salvó de ser como hoy es Venezuela", validando el actuar que tuvieron  las fuerzas armadas y carabineros hace exactamente 46 años.

 

En materias políticas “El Mercurio” no es confiable…ni creíble. Definitivamente, no lo es. Revisar parte de su historia permite confirmar lo dicho.