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Alessandri ¿Alcalde o sheriff?

Felipe Alessandri Felipe Alessandri Foto: Municipalidad de Santiago

Ahora el alcalde de Santiago, exige carnet de identidad a los estudiantes, al ingresar al Instituto Nacional. Obsesionado con su labor de sheriff de película de cowboys, donde mueren aborígenes defendiendo sus tierras, quiso hace uno o dos meses, cerrar el liceo.

 

Cualquiera diría que es el propietario o supone serlo, pues alguno de sus antepasados lo construyó con su dinero y ahora tiene la potestad de clausurarlo cuando se le ocurra. O demolerlo o incendiarlo, si hay empresas inmobiliarias interesadas en el terreno de 14 mil metros cuadrados.

 

Sometido a exaltaciones de terrateniente, émulo del personaje “Gran señor y raja diablos” de la novela de Eduardo Barrios, juzgó necesario identificar a quienes entran a ese establecimiento. Teme que si no fiscaliza, podrían ingresar analfabetos a clases, vagabundos, terroristas, anarquistas, vendedores ambulantes a ofrecer baratijas, junto a delincuentes dispuestos a robar los computadores. Además, los pupitres y los urinarios. No el urinario del francés Marcel Duchamp. A comienzos del siglo pasado quiso exhibirlo en el museo de Nueva York y los organizadores desestimaron esa “obra de arte”.

 

A corto plazo el sistema de controlar a los estudiantes debería funcionar y nuestro sheriff extenderá la obligación de exigir el carnet, a quienes deseen ingresar a la comuna de Santiago. En cada bocacalle si los guardias municipales observan a personas con cara de anarquista, terrorista o analfabeto, pues le impiden la entrada. O el alcalde actúa como sheriff o renuncia.

 

Santiago, la capital, no puede hallarse entregada al dominio de quienes desean sembrar el caos. Proliferan los grafitis en las murallas, puertas, postes del alumbrado y los turistas de otros países, preguntan si la alcaldía permanece acéfala. Antes constituía una delicia ir a la plaza de Armas.

 

Aún permanece ahí el monumento ecuestre del capitán español Pedro de Valdivia, montado en caballo sin riendas, pero con estribos. Debe ser fundido el jinete y su cabalgadura a causa de las tropelías cometidas por este militar en su afán de conquistador. Ningún alcalde se ha atrevido a realizar esa labor de higiene. Pedro de Valdivia ordenaba amputar la mano derecha y la nariz a los indígenas para aterrorizarlos. Abusaba de sus mujeres y para él la tortura constituía una demostración de autoridad. Después, los diezmaba en los campos de batalla. En España no existe estatua alguna o el nombre de una calle, en homenaje a algún mapuche.

 

Hoy el alcalde, cuya expresión de aduanero atemoriza, como ese aduanero que al regresar a Chile cierto escritor, le retuvo el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, al encontrarlo demasiado voluminoso. Bien podría ser un arma arrojadiza. Además, le arrebató la Comedia Humana de Balzac. “Deben pagar IVA”, vociferó en calidad de censor. Al final, el novelista recuperó los libros sin cancelar nada, gracias a un culto funcionario del aeropuerto, quien dijo escribir poesía.

 

Nuestro aduanero, fiscal o sheriff, inventa a diario soluciones mágicas para ordenar la comuna, entregada al desbarajuste, aunque se esfuerza por mantener el desbarajuste. ¿Y si en el futuro próximo, los estudiantes deben mostrar la partida de bautismo y el certificado de matrimonio de sus progenitores? Nada de moros ni hijos productos del clandestino amor, pues la función del liceo es educar personas bautizadas y bien nacidas. El exceso de control, entusiasmo por obrar apegado a la ley u ordenanzas municipales y las opiniones de sus ujieres, han convertido al alcaide en déspota ilustrado, como alumno de un personaje de nuestra historia reciente, que nada tenía de ilustrado. El Instituto Nacional, colegio emblemático de la república, vive días aciagos emparentados a la penumbra. Entregado a caprichos de señorito, educado en colegios de elite, a donde se llega cada día en un automóvil diferente.

 

No se halla lejana la época cuando el Internado Nacional Barros Arana, (INBA) vencía al Instituto Nacional al fútbol, al basquetbol, al ajedrez y en atletismo, las veces que se realizaban las olimpiadas escolares. Ello no significa que el alcalde de Santiago, castigue a sus alumnos dándoles nalgadas por haber perdido en deporte durante el siglo pasado, aunque él ama el pasado. Si este liceo se hace mixto, se ignora cuáles ocurrencias y extravagancias pondrá en práctica. ¿Segregará a chicas y chicos a la hora del recreo? ¿Podrá conversar una pareja de estudiantes, sin ser fiscalizada? Asusta. No es aventurado suponer, a cuales extremos podría llegar este sheriff sin botas, ni sombrero alón, ni pistolas al cinto, pues horripila su huesuda expresión de insepulto cadáver. Vive obsesionado por imponer leyes abusivas de una dolorosa época reciente, superada a medias, no disuelta en el olvido.           

 

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