Login

Usuario
Password *
Recordarme

Crear una cuenta

Los campos marcados con un asterisco (*) son obligatorios.
Nombre
Usuario
Password *
Verificar password *
Email *
Verificar email *
Captcha *
Reload Captcha

Estados Unidos y el “destino manifiesto”

By Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo) Junio 06, 2019 311 0
Angel de la Libertad. La visión de George Washington Angel de la Libertad. La visión de George Washington

“Una republica pigmea que se va a convertir en un gigante”. El Conde de Aranda, ministro masón de Carlos III que  expulsó a los Jesuitas, tuvo el mérito predecir el porvenir: su pronóstico  sobre Estados Unidos se ha cumplido y, a su vez, fue el primero que propuso dividir el imperio español en tres reinos, regentados por príncipes de la casa real.

 

La independencia de Estados Unidos le costó a los reyes borbones el pago de un precio enorme: Luis XVI, con la guillotina, y Carlos IV y Fernando VII, con la pérdida de la corona.

 

Desde su nacimiento, la joven república norteamericana estuvo marcada por la propaganda del “destino manifiesto”, la idea protestante de que Estados Unidos estaba designado por Dios para defender y expandir la democracia, idea que fue acompañada por la doctrina Monroe – “América para los norteamericanos” -.

 

El objetivo del expansionismo norteamericano era llegar a los dos Océanos y, para lograrlo, al no poder imitar los métodos de las antiguas monarquías europeas, había que usar la compra de territorios ajenos, y si el posible vendedor se negaba, se le obligaba a hacerlo por medio de la ocupación.

 

En 1803 Napoleón Bonaparte, que necesitaba dinero para proseguir su campaña europea, fue tentado por representantes de Estados Unidos para adquirir por 2 millones de dólares Nueva Orleans, y para sorpresa de los delegados del país de Norte, Napoleón propuso la venta de la Luisiana completa, por la suma de 15 millones de dólares, y duplicaba el territorio original de las 13 colonias.

 

En 1819 Estados Unidos obligó a vender las dos Floridas a los españoles, acto que se refrendó con el Tratado  Adams-Onís, asegurando para los españoles el dominio de Texas. Faltaba la ocupación para completar el “destino manifiesto” la adquisición   los territorios mexicanos.

 

Para los yanquis, los mexicanos eran católicos y su sistema político y forma de vida eran despreciables. El primer delegado del gobierno americano, Joel Robert Poinsset, (que también lo había sido de Chile), tenía el encargo de intentar la compra del territorio de Texas, pero la negativa por parte de México obligó a los norteamericanos a tomar el camino pacífico de la migración, y a diferencia de la política actual de Donald Trump, esa vez fueron los norteamericanos los que invadieron los territorios mexicanos, con el consentimiento de los sucesivos gobiernos del antiguo virreinato.

 

En 1836, cuando se proclamó la República de Texas, los habitantes sumaban apenas 13.000 personas para un territorio inmenso, compuesto por desiertos y también por valles muy ricos para la agricultura. La mayoría de la población eran colonos norteamericanos, (ocurría  el fenómeno a la inversa, en que el país del Norte en pocos años más va a terminar hablando español).

 

El tema cultural de la República de Texas – duró nueve años, 1836-1845, en que el Parlamento acordó la anexión  a los Estados Unidos – no se debía al derecho a la independencia y a la propia soberanía, pues México también lo había hecho respecto a España, sino al problema de la esclavitud, que llevaría, posteriormente, a Estados Unidos a la Guerra de Secesión.

 

El gobierno de Estados Unidos tardó nueve años para la anexión de Texas, pues – con razón – los norteños temían que un nuevo estado esclavista del sur descompensara el equilibrio de poder en el Parlamento.

 

Los norteamericanos se han dedicado, a través de la literatura y del cine, a presentar a los mexicanos como hombres crueles, machistas y asesinos. La principal leyenda es la del Álamo, una batalla que tuvo una duración de hora y media, el 6 de marzo de 1836, en la cual un ejército comandado por Antonio López de Santa Anna, quien asesinó a todos los texanos que se habían refugiado en un campamento cerca de San Antonio, que antes había sido cárcel, y gracias a la película “El Álamo”, (protagonizada por John Wayne, estrenada en 1960), y a las miniseries de televisión de Disney, traficantes y especuladores - como David Crockett, Jim Bowie y William Travis – se convirtieron en los grandes héroes del imaginario norteamericano. (Para conocer lo acaecido en “El álamo”, me permito recomendar la obra del Historiador mexicano Paco Ignacio Taibo II).

 

El militar y político Antonio López de Santa Anna es el chivo expiatorio de los mexicanos: gobernó once veces durante un período de seis años. Por desgracia, la ignorancia histórica atribuye un período a una sola persona, sin considerar que estos hechos son parte de un escenario histórico; la vida de Santa Anna está llena de mitos: en la batalla de San Jacinto, cuando fue capturado por los texanos, se dice que estaba haciendo el amor con una mulata, y otros, que dormía su siesta. Los texanos lo condujeron a Washington y fue ahí donde  pactó el reconocimiento  de la República de Texas.

 

La guerra entre Estados Unidos y México comenzó con la disputa sobre la frontera de los ríos Nueces y  Bravo, que están separados por una distancia de 200 kilómetros. El Presidente James Polk declaró ante el Congreso que se había derramado sangre americana dentro de su propio territorio. El 13 de mayo de 1846, Estados Unidos declaró la guerra a México, que duró dos años, en que se libraron varias batallas feroces.

 

Al revés que hoy, los Republicanos eran los progresistas y los Demócratas, los esclavistas (A. Lincoln era republicano y durante su gobierno se abolió la esclavitud). El norte era industrial y de migración obrera, y los del sur vivían del cultivo y explotación del algodón, cuya mano de obra era esclava.

 

Durante 1846 los yanquis ocuparon Nuevo México, las dos Californias – la Alta y la Baja – y otra gran parte del territorio que los norteamericanos le quitarían a México.

 

En 1847 las tropas norteamericanas   desembarcaron en Veracruz y  - siguiendo el camino de Hernán Cortés – luego de muchas batallas, alcanzaron la Ciudad de México, colocando la bandera  en el Palacio de Gobierno, ubicado en el zócalo. Los militares de todos los países del mundo han sido traidores, rastreros y cobardes, y huyeron del país despavoridos, encabezados por su Presidente, Antonio López de Santa Anna, y al Licenciado Manuel Peña de la Peña le tocó poner la cara y pagar los platos rotos.

 

El Tratado, firmado en la villa de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848, consagró la posesión de 2.378.539 kilómetros para Estados Unidos, es decir, perdió el 51% de su territorio. En Estados Unidos la mayoría de la población era partidaria de apropiarse de todo el territorio mexicano, afortunadamente, se dieron cuenta a tiempo que la  toma del territorio en su totalidad incluía también a los ciudadanos mexicanos, católicos, mestizos y despreciables.

 

Los delegados mexicanos tenían que pactar con la pistola sobre la mesa, y hay que reconocer que hicieron maravillas manteniendo para México la Baja California y evitando que los vencedores también ocuparan otros territorios, al norte de México, entre ellos Tampico, que tenía obsesionado al Presidente James Polk; a tanto llegaba su ambición y codicia que pidió a su delegado volver a México.

 

Estados Unidos, convertido en una gran potencia, se devino en el gendarme  del mundo, invadiendo países en diversos continentes, sobre la base de creerse “el pueblo elegido por Dios” para la defensa de la democracia y la civilización  cristiana en el mundo.

 

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

06/06/2019                                     

Valora este artículo
(1 Voto)

Deja un comentario