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Narco-funeral, el rito de moda

By Walter Garib Junio 03, 2019 634 0

Tildar al narco-funeral como una práctica reñida con la ley, la moral o las buenas costumbres, puede conducir a engaño. ¿Cuáles son las buenas costumbres? A menudo lo ilegal de antaño ahora es legal. Antes, lanzar a la hoguera o aplicarle el garrote vil a quien la Santa Inquisición encontraba culpable de blasfemia o de haber insultado a la autoridad, constituía un hecho normal. Hoy se puede escribir un libro, filmar una película sobre la peor de las herejías y el autor recibe elogios. Incluido el silencio si critica al sistema. Ahora, el funeral de un narco adquiere ribetes de festividad religiosa. Hay fuegos de artificio, disparos de metralletas, comilona y bebida a destajo. Se le rinde pleitesía, aquella admiración por haber vivido el “difunto” al borde del precipicio y ser amado por sus clientes. De ser detenido y condenado, desde luego vivo, lo espera una celda VIP. Igual a la época de Chicago de los años 1920, cuando los gánsteres dominaban esa y otras ciudades de Estados Unidos.

 

Ha habido funerales en Chile, donde se rindió pleitesía y admiración a quien secuestró al país y no le tembló la mano en asesinar a sus opositores. Como la sociedad evoluciona, desaparecen los mitos, las creencias y los hábitos cambian. Si ayer era casi delito que una persona se tiñera el pelo de violeta, o usara tatuaje, hoy nadie la denuncia a la policía, la escupe o la acusa de degenerada.

 

Se menosprecia y critica el derecho del narcotraficante a recibir honras fúnebres de sus familiares y de la grey. Él como cualquiera al morir, debe ser sepultado en calidad de cristiano y de ser ateo, sin ritos religiosos. En ambas situaciones, existe el derecho a agregar ruido de matracas, confeti y rituales vinculados a su profesión. Música religiosa o pagana, según fue el último deseo del occiso. Ahora, si uno de sus padres se encuentra lejos y no puede asistir al funeral, se conduce al difunto hasta el lugar donde habita su progenitor, aunque esté en la cárcel. Así le podrá rendir tributo. Si muere alguien vinculado al teatro, sus pares aplauden mientras se inhumana. Si es poeta —sea mujer u hombre— se recitan sus versos y también se aplaude. Homenaje a la dignidad de quienes crean belleza, proyectan su labor hacia el futuro y no necesitan demostraciones de farándula. Nada de fuegos de artificios, disparos al aire y pruebas de poderío.

 

Si muere un acaudalado hombre de negocios, se realiza una misa multitudinaria, incluido el coro y la música del órgano, y se le rinde tributo, para encomendarlo al cielo, donde la entrada no siempre es expedita. Asisten representantes de las instituciones a las cuales permanecía vinculado y la familia en pleno, donde sus cabizbajos herederos, mientras acompañan al féretro rumbo al mausoleo, van calculando el monto de la herencia. Desde luego, el fallecido ignora el hecho y lo privan de conocer detalles de la repartija. En otros casos, el difunto común o el mendigo, cuyo cadáver nadie reclama en la morgue, se le inhuma en silencio. El escritor Dionisio Albarrán, grafica el hecho: “Al nacer se contrae la obligación de morir”.

 

En nuestro campo, persiste la antigua costumbre de velar por dos días a un bebé fallecido, a quien lo visten de angelito. El funeral más bien constituye una fiesta a todo trapo, que se mueve entre lo religioso y lo pagano. Se bebe, baila y canta, mientras las lloronas realizan su trabajo. En parte, constituye una manera de expresar dentro del dolor, la rebeldía de quienes viven de penurias. A veces, como la fiesta debe continuar, el angelito es prestado a una familia vecina, dispuesta a seguir la celebración. Urge oponer a la muerte, toda la fuerza de la vida.

 

Los narco-funerales, no constituyen novedad en nuestro país. Si antes se realizaban en la intimidad, ajeno al alarde y humor de ahora, sus protagonistas aspiran al reconocimiento. Nuestra sociedad, cautelosa y timorata, amante del dinero, ignora el riesgo de esta lucrativa profesión, la cual es admirada por quienes ven en ella, a los futuros dueños de la sociedad. Nada de anonimato, pues los narco-funerales, llevan felicidad a una población, sumida en la desesperanza, incluidas las penurias del crédito y las mentiras que las autoridades les hacen tragar. A modo de concluir parte de la historia necrológica y violenta de Chile, el pueblo se enfrenta a nuevos desafíos. ¿Qué importancia tiene, si nunca finaliza la fiesta de los funerales?    

 

 

 

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