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El grito de la calle. Todas las voces todas…

By Javier Romero Ocampo Noviembre 06, 2019 1076 1 comentario

La aprobación más baja (13%) y la desaprobación más alta (79%) de un presidente de la República en democracia es sin duda alguna un dato relevante dentro del intrincado panorama actual.

 

 

La mala evaluación del Presidente de la República es el corolario de una forma de hacer política, que no es exclusiva de la derecha gobernante, en el que prima el descrédito de la actividad política. Los hechos han dejado al descubierto que la gente común y corriente le interesa la política y en particular la acción política, lo que se traduce en el sinnúmero de demandas en los diferentes espacios de la vida en común que se han volcado en los cabildos ciudadanos y diversas consultas que se han llevado a cabo de manera presencial o digital. La gente, vocablo de moda en la eterna transición a la democracia, desbordó el orden de una forma de hacer política basada en el consenso, otra palabra muy usada en estos 30 años. Pero dicho consenso no estaba sólidamente construido en base a la discusión de la diversidad de opiniones, se edificó sobre el silencio, sobre la medida de lo posible, sobre acuerdos “cocinados”, en definitiva de espaldas a los ciudadanos comunes.

 

Así se ha construido un estado de situación que se articula en el miedo a disentir, miedo que se objetivó en cuestiones tan simples y a la vez tan complejas como perder el trabajo por decir lo que pensamos, generar quiebres familiares por estar en desacuerdo con el diagnóstico de la situación actual, salirse de los grupos de conversación virtual o ser bloqueados en ellos, en fin un sinnúmero de situaciones que van abriendo pie al silencio, al consenso falso, a las conversaciones sobre temas intrascendentes que van poniendo de moda el que no se hable de “política o religión” como se solía decir antaño. Hoy asistimos al derrumbe de ese orden consensuado, hablan más las paredes, los carteles y los memes que todo lo que hemos podido expresar en la larga transición que nos impidió hablar de Chile, en definitiva de nosotros mismos, por miedo a perderlo todo, incluida la democracia tan anhelada y buscada, ganada a un alto costo en vidas y rupturas biográficas producto de exilios, torturas y exclusiones.

 

En medio de esto se han logrado imponer voces que han alertado sobre diversos tópicos, y así a los temas de deuda histórica por justicia en casos de violación a los derechos humanos, se han ido aglutinando de manera desordenada, otros temas que hablan de lo que algunos políticos profesionales han llamado “los temas reales de la gente” como las jubilaciones, el acceso y la calidad de la salud y la educación. También emergen “nuevos temas” como el trato hacia los pueblos originarios, los llamados temas valóricos tales como el aborto, divorcio, eutanasia, sexualidades y diversidades. Asimismo, producto de las crisis ambientales “aparecen” como temas la defensa del territorio y el agua, las denuncias ante la contaminación y las zonas de sacrificio. Pero también, en los últimos cinco años hemos asistido al quiebre de diversos consensos en base a instituciones otrora ejemplos para muchos ciudadanos, los casos más ilustrativos son la seguidilla interminable de abusos sexuales perpetrados por personal consagrado de la Iglesia católica sobre niños y niñas y el consecuente silencio de la jerarquía ante ello, se suma a esto el abuso de poder y manejo inescrupuloso del dinero en parte de las iglesias evangélicas, pero también se suman a esto los desfalcos al Estado por parte de las Fuerzas Armadas y de Orden que ya suman miles de millones de dólares, y las graves violaciones a la ley por parte de grandes consorcios empresariales que reciben castigos irrisorios ante probados delitos sobre pagos de impuestos que merman la capacidad de gestión del Estado en favor de los ciudadanos comunes. En fin, como canta Violeta en Arauco Tiene Una Pena: “… son injusticias de siglos que todos ven aplicar, nadie le ha puesto remedio pudiéndolo remediar…”

 

Si bien, la sociedad chilena y su sistema político han “dejado pasar” estas expresiones de descontento, produciéndose estallidos sociales focalizados y remitidos en particular en torno a la fuerza del movimiento estudiantil, el movimiento sindical y el movimiento de mujeres, entre otros, no habíamos tenido un momento de inflexión en democracia, crisis o estallido social como el actual, que cuestionara todos los ámbitos de la vida, prueba de ello es la inagotable variedad de mensajes en carteles en la calle, rayados en las paredes y mensajes virtuales que hablan del tremendo dolor acumulado en el “alma de Chile” como señalaba el Cardenal Silva Henríquez.

 

La encrucijada actual requiere de nuevas y renovadas fórmulas, de nuevas actorias sociales, pero también de recobrar el sentido del asombro y de la acción concreta frente a los gritos de la calle, no podemos terminar hablando del “clima” como ya lo hemos hecho para no perder la amistad de alguien que piensa distinto a nosotros, perder el miedo al disenso es clave y avanzar sobre las urgencias, pero sin perder el horizonte de los grandes cambios necesarios en nuestro ordenamiento constitucional.

 

El descrédito de la política, la lógica del consenso obsecuente, el forzado silencio nos ha llevado al mejor momento de la política y al peor momento de los liderazgos siendo superados todos los partidos, las añejas y nuevas figuras del panorama político nacional, aunque la televisión y sus matinales insistan en seguir poniéndolos en pantalla… es tiempo de la calle y viene el tiempo del diálogo abierto para construir un Chile más: inclusivo, equitativo, diverso, justo, democrático y feliz.

 

Javier Romero Ocampo

Doctor en Estudios Americanos, especialidad pensamiento y cultura.

Sociólogo, Psicólogo y profesor de Historia y Geografía.

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1 comentario

  • Ma Lorena Ortega Copola
    Enlace al Comentario Ma Lorena Ortega Copola Viernes, 08 Noviembre 2019 08:26

    Muy buen articulo refleja una historia que muchos de nuestra generación han vivido, creo que por esto mismo, por una lucha que nos costo dolor y lagrimas en años de dictadura, es que nos duele tanto como padres que nuestros hijos vivan nuevamente un estado de represion y sean vulnerados, he visto las marchas, y me parece que nuestra generación no se ha hecho presente, sera por fatiga politica, por tristeza y apatia? Porque luchamos, nos expusimos, perdimos a muchos compañeros, esperamos por que “ la alegria ya viene”... esa alegria que nunca llego, hoy nos sentimos traicionados, frustrados y con una profunda angustia, acaso años de lucha en dictadura, fueron en vano?

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