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La Izquierda: Derrota tras derrota Destacado

Otra vez la izquierda es derrotada. En esta oportunidad cayó de hinojos en el Congreso, ante la algarabía de una derecha exultante, donde hay patipelados advenedizos, que sueñan mejorar el apellido, anteponiéndoles un “van” o un “von”, si se casan con alguien de la elite. Si han medrado, servido con lealtad, estiran la mano parásita, para recibir dádivas. En el mundillo de las vanidades, jactancias, pavoneos y genuflexiones, hay ahora risitas acartonadas, abrazos e infinidad de zalemas. Donde se dirige la mirada, se encuentra la expresión del cursi con papada y barriga de sibarita, bien comido en la siempre opulenta mesa.

 

Otra vez la izquierda atomizada, desprovista de ideas, camina a ciegas por escarpados desfiladeros, demostrando el congénito infantilismo que la paraliza, mientras tirita, apenas escucha la voz de la derecha. Sean rebuznos, gritos, cacareos o rugidos de un traidor, a quien se continúa venerando. En esa fláccida izquierda, remedo de izquierda, con o sin antifaz, nadie sabe gritar, protestar o decir basta, si es abusado o atropellado en sus derechos. Se esconde en su miseria ideológica, sin asumir las responsabilidades sociales y cae de rodillas. Humillada, enmudecida, derrotada por su propia ineficiencia, lucha en un cuarto oscuro, dando golpes —más bien manotazos— a un rival que no logra ver. Ni hablar de su desidia mientras observa por el ojo de la cerradura, como la derecha se deleita en el banquete del hartazgo, al cual asiste desde hace siglos. Se refocila, eructa por arriba y por abajo, en el colmo de su insolencia. Esta musicalidad, ajena a la armonía es producto del bienestar, vinculado a la holganza.

 

¿Dónde están aquellas reformas que la izquierda prometió realizar a partir de 1990, año que parecía ser el inicio de la esperanza, convertida ahora en tragedia? Otra vez la izquierda se ha doblegado al poder de la oligarquía, que cuando habla y lucha por imponer sus privilegios y mezquinos intereses, golpea la mesa, da patadas, vocifera y amedrenta con auspiciar otro golpe militar. Asustada, la izquierda se acoquina y empieza a sacudirse como perro recién salido del agua. Ha hablado el patrón, el terrateniente con derecho a pernada, que a menudo se disfraza de mecenas y deja caer monedas de limosna, sobre arenas movedizas.

 

Otra vez la izquierda, humillada y pringada en el alma, oculta el embarazo de una relación adúltera. Se ha convertido en escoba de conventillo, estropajo de cocinería, en el vino que sobra en las copas de los hoteles de abolengo y es vendido en chincheles de los barrios, donde habita la miseria. Ahí también llegan las sobras de la comida de los grandes hoteles, donde las fiestas son permanentes. A modo de justificar esta obscena realidad, se exhiben cifras halagüeñas, estadísticas elaboradas por empresas brujas, para demostrar el bienestar del país. Entonces, la TV muestra una juventud que disfruta abrazada al consumismo, al desenfreno por asistir al concierto de cantantes o conjuntos musicales, que se asoman por estas latitudes. La farándula y el fútbol, poderosas droga son activadas para impedir que se vea la realidad, la cual es relega a las sombras. En medio de este jolgorio, la oligarquía cosecha y se hay crisis, mejor, pues sabe apropiarse de todo a precio vil. Luego, se apresura a descorchar el champaña de la alegría.

 

¿Dónde se arrinconó la izquierda? ¿Dónde habita para ir a patearle la puerta y despertarla de su congénita modorra? ¿Acaso se oculta en un lugar secreto, para mitigar su ineptitud vestida con el sayo de la vergüenza? No reacciona, más bien arrastra harapos y llagas —no de mendigo, porque estos son genuinos— sino de la ineptitud. Entonces, como aspas del molino donde el caudal se ha secado, se mantiene inactiva, mirándose las heridas de tantas batallas perdidas, mientras espera el caudal de agua que no llega, ni llegará si continúa apoltronada. ¿Dónde se encuentra esa izquierda combativa, inteligente, estudiosa, amante de la cultura? Como ahora es moda hablar del cambio climático, bien pudo sufrir los estragos del fenómeno y como si fuese un iceberg, se partió en millones de pedazos, que sin destino, deambulan por el océano.

 

A poco andar, bien podríamos asistir a su funeral con pompas y circunstancias, una y otra vez informado en el obituario, elaborado por quienes anhelan enterrarla por sécula seculórum. Si se trata de esa izquierda entibiada bajo la axila, desteñida, corrida a la derecha, blandengue como espagueti, ojalá así acontezca. Mientras tanto, una encuesta difundida esta semana, señala que el 72,5% de los chilenos cree en milagros y el 60,9 en los espíritus. Crudo análisis que habla del trabajo que realiza la oligarquía, para hacer creer al pueblo que sin milagros ni espíritus, no puede existir progreso alguno.   

 

 

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