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Diputado Urrutia el cacareador

Ignacio Urrutia Ignacio Urrutia

Ignacio Urrutia, ahora miembro de las tropas de asalto de José Antonio Kast —el Bolsonaro chileno— demostró una nueva faceta de su creatividad. Ha empezado a oficiar de experto lingüista sobre las voces de los animales. No faltaron los chuscos que lo motejaron: Urrutia el cacareador. En sus declaraciones de este 11 de septiembre, expresó una frase vinculada a los animales —no una metáfora— al referirse al clima de ese día. “Hoy Santiago amaneció con truenos y relámpagos. Es el rugido de nuestro valiente Capitán General, Augusto Pinochet Ugarte, quien nos liberó de la dictadura del marxismo”. En Santiago se sintieron truenos y relámpagos y el diputado los asoció con los rugidos del dictador, que incinerado, duerme convertido en escoria. Ignacio Urrutia, no se amilanó en manifestar su admiración enfermiza por este rugidor. A causa de mi ignorancia, si se trata de identificar voces de algunas bestias, recurrí al diccionario y ahí se encontraba la palabreja. “Rugir: bramar el león. 2. Bramar una persona enojada.” El diputado, no quiso decir que su general rebuznó, lo cual habría desatado las iras de sus nostálgicas viudas.

 

Otros, lo asociaron al rugido de los aviones enviados por los golpistas a destruir La Moneda, símbolo de la democracia. Urgía demolerla hasta sus cimientos; incendiarla para asesinar al presidente Salvador Allende, sus anhelos de justicia social y al pueblo que lo apoyaba. Instalar en cambio una sanguinaria dictadura, destinada a agradar al gobierno de los Estados Unidos y a la oligarquía chilena, jamás satisfecha, siempre dispuesta a engullir a sus hijos. 

 

Negar la fecunda imaginación de este innovador lingüista, sería una mayúscula injusticia. Posee talento, si es necesario confrontar los aullidos con los fenómenos del clima. Debemos respetar sus limitaciones en el uso de otras palabras. La alusión al lenguaje de las fieras, habla bien de su capacidad. Las conoce al dedillo. No cualquiera se refiere a la lluvia, a las tormentas eléctricas, sean truenos o relámpagos, para identificar rugidos. A Urrutia lo domina aquella arrogante verborrea de señorito, que blasona de bravucón, solo si permanece rodeado de mujeres. Ahí se atreve a lanzar un sarcasmo, la frase hiriente de doble sentido, mientras en su expresión candorosa, se observa el rictus de chiquilín de las monjas. Se destaca en ese ambiente cursi, donde realiza su labor de lenguaraz. Nacido en cunita de oro y criado por institutrices inglesas, posee la facultad de crear e inventar situaciones, que sólo viven en la imaginación de quienes, lanzan la piedra y esconden la mano. Lo cual se ha convertido en su especialidad de cacareador. Se acobardó, mientras se encogía como gusano de tierra, cuando la valiente diputada y periodista Pamela Jiles, lo increpó en una reunión de la Cámara. Ella, a un metro de distancia, lo acusaba de canalla, y le lanzaba un rosario de chilenismos, mientras era contenida por colegas, más bien escuderos o pajes del ofensor. El diputado, en un arranque propio de cacareador, había expresado: Que las víctimas a las violaciones de los Derechos Humanos, durante la dictadura de su idolatrado general, que ruge desde el más allá, eran “terroristas con aguinaldo”. A cualquiera indigna y extraña, cómo los valientes parlamentarios de izquierda acaramelada —¿Cuál izquierda, señoras y señores?— permanecieran enmudecidos, muy apoltronados en sus sillones, mientras en sus celulares, jugaban al solitario. A ninguno se le ocurrió ir a propinarle un soplamocos al lenguaraz. A estos caballeros no se les toca ni con el pétalo de una rosa. A lo sumo, si delinquen,  van a clases de ética.

 

Como hay personas que sufren incontinencia verbal y la lengua los traiciona, el honorable cacareador Urrutia, en otra reunión, se burló de la diputada socialista Emilia Nuyado, quien habló en mapudungun en la cámara. Como se observa, Ignacio Urrutia es picudo y se fugó de la UDI, rumbo al Partido Republicano, donde ahora disfruta de la amistad de oligarcas de su tonelaje. Ninguno de ellos es patipelado y la razón se encuentra en esta anécdota. En una iglesia presbiteriana de la región de los lagos, había un enorme cuadro al óleo, donde figuraban descalzos, campesinos descendientes de alemanes, que al atardecer, regresaban de sus faenas agrícolas. Desaparecía y nadie adivinaba la causa. ¿Lo habían robado? El cuadro regresaba a ocupar su lugar de origen, después de meses, donde ahora los campesinos tienen zapatos.

 

Poseedor el diputado Urrutia del fino olfato de quien a leguas de distancia, huele los negocios, sabe que en su nuevo gallinero o cuartel, puede desarrollar mejor facultades de cacareador. Seguir en su empleo, financiado por los borregos, hasta quedar convertido en gallina enferma de cólera aviar, mientras desde lejos, vea venir a su amado general Pinochet, que montado en burro, lo viene a buscar.     

 

 

 

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