El rebusque: cuando la transgresión termina siendo un juego.

En el contexto literario, una antología contendría una selección de textos de un autor. Es común en poesía (antología poética) aunque también puede darse en otros géneros como fábulas, ensayos o cuentos.

 

 La antología puede ser de naturaleza temática, literaria o bien, personal y arbitraria y contiene piezas seleccionadas por su valor o calidad.

 

Esto brinda al público la posibilidad de acceder a piezas de gran valor individual, dentro de un mismo conjunto libro. De esta manera, si se compra una antología de poesía sueca del siglo XX, por citar un caso, podrá leer los mejores poemas producidos en Suecia en dicho periodo temporal en un mismo libro (o en varios tomos, pero pertenecientes a una misma publicación).

 

Existe una obra muy divertida y singular que lleva por título “Antología del disparate”. Como su propio nombre indica este trabajo, realizado por Julio Reboredo Pazos y Javier Serrano Palacio, que viene a ser un compendio de los mayores errores y absurdos que los estudiantes han escrito en exámenes.

 

Así, por ejemplo, entre los disparates más singulares se encuentran los que dicen que la Torre Eiffel fue inventada por los egipcios, que Platón estudió en los jesuitas o que Cristo murió junto a dos personas a su lado que eran sus guardaespaldas.

 

Mucho más seria, es la antología de Juan Eduardo Esquivel que, junto a HB Editores, publicó en junio de 2019.

 

En ella participan poetas como Cecilia Almarza Nazar, Manuel Andros, Lenka Chelén, Elicura Chihuailaf, Theodoro Elssaca, Juan Eduardo Esquivel, Jaime Hales Dib, Álvaro Inostroza, Pauline Le Roy, Mario Meléndez, Vila Orrego-Zúñiga, Jorge Ragal Acevedo y Carmen Troncoso.

 

Si bien los temas poéticos han evolucionado, ya que siempre se adaptan al tiempo en que viven los poetas que la emplean para expresarse, siempre la poesía es un género literario que expresa la belleza o los sentimientos a través de la palabra en forma de verso o prosa.

 

En esta antología, los poetas expresan de manera directa sus emociones y los poemas están cargados de elementos e imágenes con un valor simbólico para el autor.

 

En su artículo “Escritores transgresores del idioma” publicado en el Comercio de Bogotá, Laila Abu Shihab, explica que “uno de los defectos que, con mayor facilidad deja en evidencia las pocas mañas literarias de un escritor, es la puntuación incorrecta, sobre todo, a la hora de poner las comas donde toca. Sin embargo, hay autores que, en un arranque de rebeldía, se negaron a puntuar sus textos, aunque ello supusiera asfixiar a un lector que los leyera en voz alta.

 

Por ejemplo, el escritor polaco Jerzy Andrzejewski (1909–1980) publicó en 1962 una novela escrita por entero con una sola frase, cuyas primeras 40.000 palabras se suceden sin ser interrumpidas por ningún signo de puntuación.

 

Gertrude Stein también desdeñó los signos de puntuación, a excepción del punto y aparte, al que consideraba “con vida propia”. Marcel Proust también desdeñaba los puntos y se pirraba por las comas, convirtiendo sus descripciones en interminables estructuras jalonadas de subordinadas, sin ningún punto en el que poder recuperar el aliento. 

 

Y se podría seguir hasta el infinito. Así, casi sin aire, casi sin respirar durante 43 páginas, James Joyce atrapa y se despide de los lectores del Ulises, esa obra publicada en 1922 que es considerada por muchos como la novela en inglés más importante de todos los tiempos.

 

Escribir párrafos interminables o capítulos sin signos de puntuación; alterar la construcción de una frase poniendo un verbo donde debería ir un adjetivo o un artículo; burlarse de la regla de las mayúsculas y las minúsculas; inventar palabras.

 

Todo esto, que a principios del siglo XX fue muy frecuente en la poesía y hoy se usa más en la prosa, es más común de lo que se cree. Ese tipo de narrador solo sabe de velocidad, juego, ritmo al punto que en muchas ocasiones quiebra la narración e incluso ahoga al lector.

 

Es así como los escritores reunidos en esta antología, evidencian una escritura autónoma y a través de la libertad que les da la sintaxis, muestran como fluye su conciencia y sus ideas porque para ellos es más importante el ritmo de las historias que letras estructuradas y rígidas.

 

Y tal como explica Laila “y aunque leer una obra que transgreda las normas puede resultar desconcertante para muchos, también puede ser una experiencia interesante.

 

Desde el punto de vista académico, es un reto pues el lector está expuesto a tratar de descifrar lo que el autor quiere decir. Sin embargo, no todos pueden leer este tipo de obras que rompen con las formas de pensamiento, se necesitan personas preparadas y dispuestas a vivir un desafío distinto.

 

En todo caso, leer esos extractos de Rayuela en los que la sintaxis y la ortografía se convierten en un juego; leer a Huidobro cuando habla de la violondrina y el golonchelo  o leer Finnegan s Wake, la última novela de Joyce que fue publicada en 1939 y en la que el autor inventa su propio idioma mezclando palabras que vienen de muchas lenguas, puede terminar siendo todo un juego.

 

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