
CMPC y su tesis sobre las “inversiones agnósticas”: Entre embustes y mercenarios
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Recientemente, el presidente de la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones (CMPC), Luis Felipe Gazitúa, se refirió a un aspecto que siempre ha sido clave al momento de analizar al sector empresarial chileno y su toma de decisiones. Dijo el ejecutivo que: “El capital es agnóstico a la ideología, vamos donde las condiciones son favorables a la inversión privada”.
La frase suena coherente. Lógica. Se cobija en ese halo de tecnicismo con el cual, muchas veces, se tiñe el debate sobre los temas económicos. Como si una disciplina anclada a las interacciones humanas, tan paradójicas como volubles, pudiera analizarse al alero del método de las ciencias exactas.
El problema es que tal afirmación es ilusoria. Y demuestra precisamente, más que la falta de rigor de quien la emite, la visión de sociedad de su portador. En el fondo, su propia ideología.
Gazitúa afirma que la decisión de invertir, una de las formas del ser económico, es impermeable a los valores de quien la adopta. Por cierto que en el actuar del inversor (pequeño, mediano o grande, no seamos elitistas) la rentabilidad es un factor relevante. Pero siempre, se quiera o no, estará cubierto de juicios y prejuicios, cultura y cierta ética (de la colectiva o la individualista). Creer lo contrario, e incluso obligarse a actuar así, es una opción política. Voluntaria. Nunca automática, que para ello está la IA. Y ni tanto, conocidos son ya sus sesgos en base a su entrenamiento.
Porque rentabilidad puede alcanzarse de diversas vías.
El narcotráfico es muy lucrativo, así lo demuestran los números. En 2017 el informe de Integridad Financiera Global consignó que “el mercado mundial del tráfico de drogas tiene un valor global anual estimado de entre 426 y 652 mil millones de dólares (USD), lo que lo convierte en el segundo mercado ilícito más lucrativo medido después del de productos falsificados y pirateados, que se estima genera hasta 1.13 billones de dólares anuales”. Bajo la frase de Gacitúa, tal sería un interesante nicho de posibles ganancias.
Y no es lo único: “La actividad criminal –desde el tráfico de drogas hasta los delitos medioambientales– lleva siglos alimentando gran parte de la economía global y representa, en la actualidad, entre el 8 y el 15% del PIB mundial” nos contaba hace unos años la revista española Ethic.
Podría alguien señalar que esos son negocios ilegales. Que aquello hace una gran diferencia. Y eso confirma el punto. Las normas de cada país son fruto de un acuerdo político (o imposición, en el caso de las dictaduras), por ende cubiertas de la ideología de la sociedad de la que emergen. Decidir cumplirlas, es una opción.
Como invertir en clínicas abortivas, que en Estados Unidos era muy lucrativo hasta antes del fallo de la Corte Suprema en 2022. Claramente sabemos que para el sector empresarial conservador chileno (incluida la familia Matte, controladora de la CMPC) esto no es una alternativa. ¿Por qué? Por su ideología (o religión más bien).
Incluso en 2022 la propia CMPC firmó un convenio con la Fundación Servicio Jesuita a Migrantes (de origen católico), para fortalecer su Política de Diversidad e Inclusión. “Convenio woke” diría Trump.
Ocurre que esto no sólo es válido para invertir sino para todas las decisiones económicas. El consumo, por ejemplo. La persona no compra, exclusivamente, el bien o servicio más barato (que es como la otra cara de la rentabilidad: gastar menos para tener más). Aplica, en diversa medida, otras consideraciones: la durabilidad, la satisfacción personal (incluido el estatus), la seguridad, el impacto social y ambiental, el beneficio a largo plazo.
Eso es lo que nos diferencia de las máquinas. Y revela dos problemas mayores en las palabras de Luis Felipe Gazitúa: su disposición a dejar de lado los aspectos éticos y culturales en pos de unas monedas más. O, peor aún, de mentirle a la sociedad. O ambas.
Sobre lo primero, el ejecutivo deja en claro que él, particularmente, no cree que una empresa deba estar enfocada en dar empleo o aportar al desarrollo de su país. Que es, en sí misma, una opción que va más allá de la rentabilidad. Lo único que vale, nos dice, es “donde las condiciones son favorables a la inversión privada”.
Y es aquí cuando entra en contradicción con el propio relato de la empresa que preside, sembrando dudas sobre su honestidad: “A través de nuestra historia, logros y desafíos, junto a las principales tendencias globales que afectan a la industria, diseñamos un nuevo propósito y estrategia para hacer de la compañía una que impacte de manera positiva en la vida de las personas y en el planeta” dice CMPC en su página web.
¿A cuál de estas dos almas debemos creer?
Patricio Segura